Cada mañana te toca un poema.
No hay que elegir entre mil ni desplazarse buscando algo que valga la pena. Al abrir la app hay uno solo esperándote, y se acabó en dos minutos.
Cuál te toca depende de ti. Al empezar contestas tres preguntas —qué época, qué tono, qué tan largo— y a partir de ahí el poema de cada día sale de tus respuestas. Contestarlas no exige cuenta, y se cambian cuando quieras.
Y si te quedas con ganas, sigues
Debajo del poema del día hay más poemas, y no se acaban en la primera pantalla. La entrega diaria es la puerta de entrada; lo que hay detrás es una biblioteca que puedes recorrer cuando se te antoje. Lo que te guste se guarda en tu cuenta y te sigue de un teléfono a otro.
Tú decides cómo se ve el poema
Leer poesía en una pantalla suele ser incómodo, y casi siempre es porque nadie se molestó en componerla. Aquí eliges:
• Cuatro tipografías, todas pensadas para leer y no para decorar.
• Cinco temas, de la cal casi blanca al negro de tinta. Para el sol del mediodía y para la cama a medianoche.
• El tamaño del texto y el espacio entre renglones. Un poema respira distinto que un párrafo.
Quién lo escribió y qué estaba pasando
No hace falta ser experto para disfrutar un poema, pero ayuda saber quién lo escribió y qué ocurría cuando lo hizo. A un toque están la vida de su autor —dónde nació, de qué vivió, cómo acabó— y el contexto de esos versos: las palabras que ya no se usan, el chiste que se perdió, lo que el autor estaba contestando. Todo eso lo escribió una persona, y se nota: se lee como algo escrito, no como apuntes de examen.
De dónde sale cada poema
La poesía se atribuye fatal. El mismo texto circula firmado por tres personas distintas y a veces por ninguna de las que lo escribió, y casi nadie puede decir de qué edición salió.
Aquí no pasa, y no por buena voluntad. Ningún poema entra sin que alguien lo abra junto a la edición de donde salió, lo compare verso por verso, compruebe en una segunda fuente el año en que murió el autor y firme la ficha con su nombre. Es lento a propósito, y por eso el acervo crece poco a poco.
Ese trabajo no se queda guardado: se ve. Al pie de cada poema está el nombre de quien lo escribió y, cuando se sabe, la obra de la que salió y el año. En la ficha del autor están el año en que nació y el año en que murió, el país, el pueblo donde nació y el lugar donde murió. Ninguno de esos datos está ahí porque sonara bien.
Dos cosas que hoy son ciertas
Hoy la app no tiene publicidad de ningún tipo: ni un banner, ni un patrocinio, ni un video antes del poema. Nada se le pone encima al texto ni lo parte a la mitad, y ese es el criterio con el que está compuesta cada pantalla.
Leer no te exige una cuenta. Abres la app y lees. La cuenta hace falta para lo tuyo —guardar, el historial, que el poema de mañana se parezca a ti—, nunca para leer.
Por ahora, poesía que ya es de todos
El acervo son obras cuyos derechos ya se extinguieron: siglos de poesía en español que cualquiera puede leer sin pedirle permiso a nadie. Por eso hoy solo entran autores fallecidos en 1920 o antes, y por eso hay voces que vas a echar de menos.
Es un punto de partida, no la meta. Lo que sigue es comprar las licencias de distribución de la poesía que todavía está protegida, para llegar a una app completa.
Un poema al día, bien puesto, del que se puede responder.
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